viernes, 17 de febrero de 2012

Viaje a Carthago Nova.

   Este es un relato que forma parte de los cuadernos didácticos editados por el Museo Nacional de Arqueología Marítima y que narra la historia de un comerciante romano, Lucinio Baebio, y su travesia hacia Hispania. Carmen Jiménez Sanz y Nuria Ramón Fernández son las autoras del texto y los dibujos. Merece la pena leerlo entero.



    "Ya entrado el buen tiempo, en las kalendas de Quintilis (primer día de cada mes que correspondía a la luna nueva. En este caso del mes de Julio, que en principio se denominó Quintilis y posteriormente Iulius en honor de Julio César), día de Mercurio, yo, Lucinio Baebio, embarqué hacia Hispania, siguiendo el consejo paterno que entendía mi futuro dedicado al comercio. Allí me esperaba el hermano de mi madre, Publio Nona, negotiator (propietario de una compañía comercial mayorista, en este caso arrendataria de las minas) que explotaba unas minas en Carthago Nova y que, al carecer de descendencia, deseaba iniciarme en el negocio de los minerales.

   En verano los peligros de la mar son mínimos, las tempestadaes raras, los vientos estables y los días más largos. Por ello me buscaron pasaje en una gran nave oneraria (barco mercante), propiedad de un navicularius (propietario de una compañía de transporte marítimo) muy famoso que fletaba mercancías entre Italia, Hispania y Norte de Africa.

   Me desplacé entonces a Ostia, puerto que registraba un intenso tráfico marítimo, con el tiempo suficiente para visitar el santuario de Isis (con sus fiestas se iniciaba la estación de la navegación), y realizar ofrendas a fin de disfrutar de protección divina durante la travesía. Ella reina sobre los mares, los frutos de la tierra y los muertos y he leído que , hace muchas centurias, egipcios y griegos ya la adoraban.

   Antes de zarpar, el gobernator (capitán de la nave) me explicó que seguiríamos la ruta central, habitual en el comercio del vino y aceite, cruzando el estrecho de Bonifatius hacia las Pitiusas y nuestro destino.

   Mientras me hablaba de la rentabilidad del transporte marítimo frente al terrestre, personal especializado terminaba de estibar el cargamento del mercator (mercader, comerciante) L. Taurio que comerciaba con vino y cerámicas elaboradas en Etruria y Lacio.

   Casi cuatro mil ánforas alargadas, llenas de aromático vino, dispuestas en tres hiladas verticales, ocupaban la mayor parte de la bodega del barco. Los huecos se aprovechaban para cargar objetos frágiles como lámparas de aceite, candelabros, braseros de bronce, figurillas de terracota, vajillas de cerámica roja brillante procedente de Arezzo, perfumes y telas orientales, todos ellos empaquetados en fardos curiosamente atados, ya que tales productos eran muy apreciados en las  provincias.                                                    

   Modelo Hipotético del cargamento de la nave romana del Grand-Ribaud D. (TOULON, FRANCIA).


   La cubierta principal del navío se reservaba a los pasajeros, tripulación y sus equipajes. La mayoría de aquellos tenían, como yo, intereses comerciales en la Citerior (provincia mas oriental de las dos en que se encontraba dividida administrativamente Hispania en el s. I a.C.) o en otros lugares del sur de Hispania.


   TRAVESIA 

    En solitario dado que la última escuadra mercante había abandonado el puerto unos días antes, zarpamos al amanecer con el viento a favor.

   La travesía fué tranquila. Durante los seis días que duró avistamos numerosas naves onerarias, dos trirremes con puntiagudos espolones y barcos pesqueros, éstos últimos al acercarnos a Ebussus.

   Para evitar la mala fortuna nuestra nave mostraba dos ojos protectores en la proa y sobre la vela cuadrada se adivinaban dibujos, desvaídos por el salitre y el viento, de los Dióscuros (Cástor y Polux, hijos de Zeus, cuya constelación servía de guía a los navegantes).

   Los pasajeros más ancianos contaban historias de sirenas y temibles piratas africanos que, por ventura, no vimos; los demás jugábamos a los dados, cántabamos y pasábamos la jornada esperandoansiosamente el fin del viaje.

   Observando el vuelo de las aves, el conociendo de los vientos, y la posición de las estrellas, utilizadas ya por los marineros púnicos, recorrimos nuestra ruta sin contratiempos.

   Al atardecer del sexto día atisbamos la bocana del puerto de Carthago Nova y la isla de Escombraria, cuyo nombre se debe a los abundantes escombros (caballas), empleados para elaborar el exquisito garum (salasa elaborada a partir de despojos de atún, escombro o esturión en salmuera) en las factorías de salazón.
   
   La bahía, bien resguardada, nos acogió entre montes y la actividad desenfrenada de su puerto. me dijeron que la ciudad, al Occidente, estaba limitada por una laguna interior y tenía cinco colinas, habitadas algunas desde que el antiguo pueblo mastieno (pueblo ibérico) llegó muchos siglos atrás.

   La riqueza mineral atrajo a los cartagineses, siendo su caudillo Asdrúbal quién fundó la ciudad en el monte de Asklepios.

   Con los beneficios de la plata y el plomo explotados financiaron los gastos de la guerra que les enfrentaba con Roma. hasta que Publio Cornelio Escipión al mando de las tropas romanas conquistó la ciudad y expulsó a los púnicos de Hispania. Desde entonces Carthago Nova se convirtió en uno de los principales enclaves de este rico país.

   El lebeche, viento del suroeste, y una última ceremonia oficiada por el gobernator nos facilitaron la entrada a puerto. Allí esperaban mis familiares y los trabajadores libres y esclavos que iniciarían la penosa descarga de las mercancías. Las numerosas ánforas debían colocarse en carros tirados por mulos para facilitar el traslado a los almacenes, desde donde serían redistribuidas a mercados más pequeños del interior y a otros puertos.

   La nave, a decir de mi tío, volvería a cargarse rumbo a Roma con una pesada partida de lingotes de plomo que llevarían como distintivo su nombre impreso, garum, sal y esparto manufacturado para velas y cabos, cuya producción le ha valido a la ciudad el sobrenombre de Carthago Spartaria. En Roma los lingotes se convierten en tuberías, grapas, proyectiles, monedas, urnas funerarias, anclas...

Peso y descarga de lingotes de plomo. Mosaico de Sousse. (Museo del Bardo, TUNEZ).



   NAUFRAGIO

   Estibada la nueva carga, al cabo de dos días, el gobernator decidió zarpar, sin demora. Mi tío y yo habíamos acudido al puerto para cerrar el acuerdo comercial e intercambiar saludos. El levante soplaba rizando el mar y causando problemas al navío desde que abandonó el muelle. La tripulación maniobraba para regresar a puerto y no arriesgar la carga, pero el viento le arrastró hacia las rocas de la Escombraria hasta estrellarlo y abrir una vía de agua en la popa. Pudieron salvarse, aunque la nave se hundió sin remedio con toda su carga.

Desarrollo de una escena de un naufragio en una crátera tardogeométrica. s.VIII a.C. (Ischia, Italia)


   Transcurrieron unos días hasta que el levante amainó e iniciaron el rescate del cargamento. Los urinatores (nadadores que, lastrados con piedras, buceaban para recuperar el cargamento de barcos hundidos) se sumergían lastrados con piedras para llegar más rápido a la nave, pero desgraciadamente reposaba a demasiada profundidad y sólo pudieron recuperar un ancla.

   No pudieron distinguir restos de las mercancías esparcidas por las profundidades, ya que las corrientes siempre cubren con arena y arrastran todo lo que encuentran a su paso. Fue una gran pérdida económica para todos.

   Los pescadores contaban que esa isla es cementerio de muchas naves y que, tiempo atrás, resultaba imposible pensar en alcanzarlas. Ahora, con fortuna y dependiendo del lugar del naufragio puede rescatarse gran parte del cargamento.

   Esto me hace pensar que en tiempos futuros, quizá el hombre se sumerja a mayores profundidades para descubrir y recuperar lo que nosotros, los romanos, y pueblos más antiguos transportábamos en los barcos."



   Mas de dos mil años después se realizó la excavación arqueológica submarina en la isla de Escombreras a la que podría hacer referencia este relato. Después de tantos años, el arqueólogo tiene el privilegio de ser el primero en contemplar in situ como quedó el cargamento de los barcos tras el naufragio. El poder tocar los restos de la madera de un barco romano es tocar la Historia y ver lo que contenía y como lo contenía es leer un pequeño trozo de Historia Antigua. http://azulvertical.blogspot.com/2011/06/arqueologia-submarina-en-escombreras.html